Viernes IV semana

de Cuaresma

4 abril 2025

Estamos atravesando una epidemia de ansiedad. Crece el consumo de pastillas, pero ni siquiera así el corazón encuentra paz. El sufrimiento es reales y reales son sus causas. Damos gracias a Dios por la ciencia de psicólogos y farmacéuticos. Pero tal vez sea hora de buscar sabiduría y mirar hacia arriba.


EL SAN DE CADA DÍA

SAN BENITO DE PALERMO (también llamado el Moro o el Negro). Nació el año 1526 en San Fratello, cerca de Mesina, en Sicilia, de padres cristianos, descendientes de esclavos negros procedentes de África. Desde niño dio muestras de gran bondad, en especial para con los necesitados, y se dedicó a cuidar los rebaños de su amo. A los 21 años se unió a una comunidad de ermitaños que observaba la Regla de san Francisco y en 1562, cuando Pío IV la disolvió, ingresó en la Orden franciscana. No tenía estudios, pero sus dotes naturales y espirituales de consejo y prudencia atraían a multitud de gente. Aunque hermano lego, fue, no sólo cocinero, sino también guardián del convento de Santa María de Jesús en Palermo y maestro de novicios. Los hagiógrafos le atribuyen dones carismáticos extraordinarios y milagros. Murió en Palermo el 4 de abril de 1589.


Aquí estoy, Señor, a tus pies,
asustada, y aturdida,
temblorosa y silenciosa,
estremecida y expectante,
sabiendo que he llegado acusada,
pero sintiendo que avivas, en mi corazón,
las cenizas del deseo y la esperanza
y despiertas, con tu mirada y roce
mis entrañas yermas.

Aquí estoy, Señor, a tus pies
rodeada por quienes ves
y sus corazones de piedra,
abrumada por mis hechos
y mi conciencia mal enseñada,
juzgada y condenada
sin poder decir una palabra.
Soy carne despreciada y chivo expiatorio
de quienes pueden y mandan

Aquí estoy, Señor, a tus pies
sin dignidad ni autoestima,
con los ojos desorientados
pero con el corazón palpitando,
con el anhelo encendido,
con el deseo disparado,
aguardando lo que más quiero – tu abrazo–,
luchando contra mis fantasmas y miedos,
desempolvando mi esperanza olvidada,
y nuestros encuentros y promesas enamoradas.

Aquí estoy, Señor, a tus pies,
medio cautiva, medio avergonzada,
necesitada, sin entender nada...
pero queriendo despojarme
de tanto peso e inercia,
rogándote que cures las heridas de mi alma
y orientes mis puertas y ventanas
hacia lo que no siempre quiero
y, sin embargo, es mi mayor certeza.

Aquí estoy, Señor, a tus pies.,
¡Tú sabes cómo!