Zaragoza, España 3 de octubre de 2026     Numero:  942

SAN FRANCISCO DE BORJA

Vida y obra

San Francisco de Borja nació en Gandía (Valencia) el 28 de octubre de 1510, en el seno de una importante familia de la nobleza española. Fue IV duque de Gandía y bisnieto del papa Alejandro VI. Su vida resulta especialmente llamativa porque pasó de las responsabilidades de la corte y la nobleza a entregar completamente su existencia al servicio de Dios.

De la corte al encuentro con Dios

«Nunca más servir a señor que se me pueda morir».

Duque de Gandía

Tras la muerte de su padre, Francisco heredó el ducado de Gandía. Como duque desarrolló tareas de gobierno y procuró atender tanto la administración de sus territorios como las necesidades religiosas y sociales de sus habitantes.

Su espiritualidad fue madurando mientras continuaba viviendo plenamente sus responsabilidades familiares.

Cuando su esposa Leonor murió en 1546, Francisco quedó viudo. Después de ordenar sus asuntos familiares, tomó una decisión que transformaría definitivamente su vida: ingresar en la recién fundada Compañía de Jesús.

Francisco de Borja, jesuita

Renunció a sus privilegios y títulos y fue ordenado sacerdote en 1551.

Aquel hombre acostumbrado a los palacios eligió entonces una existencia marcada por la oración, la predicación, la obediencia y el servicio.

Su ingreso en la Compañía tuvo además una gran repercusión. Un noble de enorme prestigio abandonaba voluntariamente honores y riquezas para vivir según el Evangelio.

Superior general de la Compañía de Jesús

En 1565 fue elegido tercer superior general de la Compañía de Jesús, después de san Ignacio de Loyola y Diego Laínez.

Durante su gobierno, la Compañía experimentó una notable expansión. Francisco impulsó la formación de los jesuitas, fortaleció colegios y misiones y contribuyó a consolidar una orden que estaba extendiéndose rápidamente por Europa y otros continentes.

ALABANZA A NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

Virgen de Lourdes,
Madre buena y cercana,
hoy levantamos nuestros ojos hacia ti
y te alabamos con corazón agradecido.

Bendita seas, María,
porque en la humilde gruta de Massabielle
quisiste acercarte a Bernardita,
una joven sencilla y pobre,
para recordarnos que Dios
mira con ternura a los pequeños.

Te alabamos, Madre,
porque eres refugio en nuestras dificultades,
consuelo en nuestras lágrimas
y compañía cuando el camino se hace difícil.

Virgen de Lourdes,
Madre de los enfermos,
acércate a quienes sufren en el cuerpo o en el espíritu.
Acompaña al que espera un diagnóstico,
al que afronta una larga enfermedad,
al anciano que se siente solo
y a quien cuida cada día sin descanso.

Que ninguno se sienta abandonado.

Te alabamos por tantas manos
que curan, acarician y acompañan;
por médicos, enfermeros, familiares, voluntarios
y por todos aquellos que convierten
el cuidado de los demás
en una verdadera expresión del amor.

Madre de Lourdes,
cuando nos falten las fuerzas, sostennos;
cuando aparezca el miedo, danos serenidad;
cuando llegue la tristeza, danos consuelo;
cuando perdamos el camino, llévanos hasta Jesús.

No te pedimos una vida sin dificultades,
sino un corazón capaz de confiar.

No te pedimos que desaparezcan todas nuestras lágrimas,
sino que ninguna lágrima sea derramada en soledad.

No te pedimos milagros para escapar de la vida,
sino la gracia de descubrir cada día
el milagro de amar, servir y esperar.

Virgen de Lourdes,
haznos cercanos al que sufre,
sencillos para servir
y humildes para dejarnos ayudar.

Que nuestra presencia sea bálsamo,
nuestras palabras sean esperanza
y nuestras manos estén siempre abiertas
para levantar al hermano caído.

Nuestra Señora de Lourdes,
Madre de la esperanza,
consuelo de los enfermos
y compañera de nuestro camino:
llévanos siempre hacia Jesús
y enséñanos a confiar en el amor de Dios.

Virgen de Lourdes, ruega por nosotros.
Amén.