Zaragoza, España 19 de agosto de 2026     Numero:  922

 EL SAN DE CADA DIA

SAN JUAN EUDES. Nació en Ri, diócesis francesa de Séez (Normandía), el año 1601. Estudió en los jesuitas y rehusó el matrimonio ventajoso que se le ofrecía, para consagrarse al Señor. Recibió las órdenes menores e ingresó en la Congregación del Oratorio fundada por el Card. De Bérulle. Ordenado sacerdote en 1625, se dedicó de manera intensa a las misiones populares y la predicación en las parroquias de extensas zonas rurales de Normandía, con mucho fruto de vida cristiana. Para mejor responder a las urgencias de la Iglesia, dejó el Oratorio y fundó dos congregaciones religiosas: una dedicada a las misiones populares y a la formación de los seminaristas, la Congregación de Jesús y María (los Eudistas); y la otra a la reeducación de las jóvenes extraviadas, la de Nuestra Señora de la Caridad. En sus escritos nos dejó constancia de su profundo conocimiento del misterio de Cristo. Fomentó con entusiasmo la devoción a los Corazones de Jesús y de María. Murió en Caen (Normandía) el 19 de agosto de 1680.

ALABANZA A LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED DE JUSTICIA

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.»
(Mt 5,6)

Alabados sean los que no se acostumbran a la injusticia,
los que todavía sienten dolor ante el sufrimiento ajeno
y no pueden permanecer indiferentes cuando un hermano es humillado.

Alabados sean los que tienen hambre de un mundo más humano,
los que sueñan con una tierra donde nadie sea descartado,
donde el pobre tenga pan,
el enfermo encuentre cuidado,
el emigrante acogida,
el anciano compañía
y cada persona sea reconocida en su dignidad.

Alabados sean quienes tienen sed de verdad,
aunque decirla resulte incómodo;
quienes defienden al débil sin buscar recompensa,
quienes levantan la voz por aquellos
a quienes nadie escucha.

Alabados sean los hombres y mujeres
que trabajan por la justicia sin odio ni violencia,
porque saben que no se construye la paz humillando,
ni se vence el mal sembrando más mal.

Alabados sean quienes comparten su pan,
su tiempo, su casa y su corazón;
quienes no preguntan primero
de dónde vienes, qué tienes o qué piensas,
sino simplemente:
«Hermano, ¿qué puedo hacer por ti?»

Alabados sean los que denuncian la corrupción,
la explotación, la guerra y toda forma de abuso,
pero comienzan la justicia por su propia vida:
siendo honrados, misericordiosos,
coherentes y fieles en las pequeñas cosas.

Alabados sean quienes, como Jesús,
se acercan a los últimos,
tocan las heridas,
perdonan al pecador,
devuelven dignidad al despreciado
y anuncian que ningún ser humano sobra en el Reino de Dios.

Señor, danos hambre y sed de justicia.
Que nunca nos acomodemos ante el dolor del mundo.
Que nuestra fe no sea solamente palabra,
sino manos que ayudan,
pies que se acercan,
ojos que descubren al olvidado
y corazón que sabe compadecerse.

Haznos constructores de tu Reino,
servidores de la verdad,
artesanos de reconciliación
y sembradores incansables de esperanza.

Y cuando nos cansemos,
recuérdanos tu promesa:

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia,
porque ellos serán saciados.»

Amén.