ALABANZA A LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA
Bendita seas, María,
Madre de Jesús y Madre nuestra,
mujer sencilla que supiste decir SÍ a Dios
y hacer de toda tu vida una entrega de amor.
Te alabamos, María,
porque creíste cuando todavía no comprendías,
porque confiaste cuando el camino era incierto
y porque guardaste la Palabra de Dios en tu corazón.
Te alabamos por tu humildad,
que nunca buscó honores;
por tu ternura,
que supo acompañar y consolar;
por tu fortaleza,
que permaneció firme junto a la cruz;
y por tu esperanza,
que nunca dejó que la oscuridad tuviera la última palabra.
Bienaventurada tú, María, porque creíste.
Bienaventurada porque llevaste a Jesús en tus entrañas
y, sobre todo, porque lo llevaste siempre en tu corazón.
Madre de los sencillos,
Madre de quienes sufren,
Madre de quienes buscan consuelo,
Madre de quienes han perdido la esperanza,
acógenos bajo tu mirada maternal.
Enséñanos a vivir como tú:
cercanos a quien nos necesita,
sencillos en nuestra manera de vivir
y humildes para reconocer que todo es gracia.
María, Reina del cielo y de la tierra,
sé Reina de nuestros corazones;
no por el poder, sino por el amor;
no por la grandeza humana, sino por el servicio;
no por la fuerza, sino por la ternura.
Llévanos siempre hacia tu Hijo.
Y cuando nuestra fe vacile,
recuérdanos aquellas palabras tuyas
que continúan resonando en la Iglesia:
«Haced lo que Él os diga».
¡Bendita seas, María!
¡Llena de gracia!
¡Madre del Señor y Madre nuestra!
Que nuestra vida, como la tuya,
sea un SÍ confiado a Dios,
un canto de esperanza
y una entrega generosa a los hermanos.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros
y acompáñanos siempre en el camino hacia Jesús.
Amén.