Zaragoza, España 20 de agosto de 2026     Numero:  922

 EL SAN DE CADA DIA

SAN BERNARDO, abad y doctor de la Iglesia, uno de los padres de la Orden Cisterciense. Nació en el castillo de Fontaines-les-Dijon (Francia), el año 1090, de familia noble. Recibió una piadosa educación, y el año 1111 entró con 30 compañeros en el monasterio de Cîteaux (Borgoña, Francia), recién fundado. Poco después lo eligieron fundador y primer abad del monasterio de Claraval, en el departamento francés de Aube, donde permaneció hasta su muerte. Fue un monje contemplativo y de actividad desbordante al servicio de la Iglesia en la que promovió una vida más evangélica, formador de monjes y reformador de comunidades religiosas, consejero de papas y obispos, predicador insigne y escritor lleno de sabiduría y unción. Recorrió Europa para restablecer la paz y la unidad. Con su vida y sus escritos ejerció una enorme influencia en la vida y espiritualidad cristiana de su tiempo y de los siglos posteriores, e inspiró un devoto afecto a la humanidad de Cristo y a la Virgen Madre. Murió el 20 de agosto de 1153.

Alabanza a los limpios de corazón

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».
Mateo 5,8

Alabados sean los limpios de corazón,
los que caminan por la vida sin doblez,
los que no necesitan esconderse detrás de apariencias,
porque han elegido la verdad como camino
y la sencillez como manera de vivir.

Alabados sean quienes conservan un corazón transparente,
capaz de mirar al hermano sin juzgarlo,
de acercarse al que sufre sin preguntarle quién es,
de perdonar sin llevar una cuenta de las heridas
y de amar sin esperar recompensa.

Alabados sean los que, en medio de un mundo tantas veces marcado
por el interés, la mentira y la desconfianza,
siguen creyendo en la bondad,
siguen sembrando ternura
y continúan ofreciendo una palabra limpia,
una mirada misericordiosa
y unas manos abiertas.

Ellos verán a Dios.

Lo verán en el rostro cansado del pobre,
en las lágrimas del que necesita consuelo,
en la alegría sencilla de un niño,
en el anciano que espera compañía,
en el enfermo que agradece una presencia,
en el amigo que permanece
y en el desconocido que encontramos por el camino.

Porque para ver a Dios
no basta con levantar los ojos hacia el cielo.
Hay que aprender también a mirar la tierra
con los ojos de Jesús.

Dichosos quienes han limpiado su corazón
del rencor que endurece,
de la envidia que entristece,
del orgullo que separa,
del egoísmo que encierra
y de la indiferencia que nos hace pasar de largo.

Dichosos quienes cada mañana pueden decir:

«Señor, dame un corazón limpio.
Que mis ojos sepan descubrirte,
que mis palabras lleven paz,
que mis manos sirvan,
que mis pasos se acerquen al necesitado
y que mi vida sea transparente ante Ti».

Alabados sean los hombres y mujeres
que todavía saben emocionarse ante la bondad,
que saben pedir perdón y también perdonar,
que no han permitido que las heridas de la vida
les roben la capacidad de amar.

Porque un corazón limpio
no es un corazón que nunca haya sufrido,
sino un corazón que, después de haber sufrido,
ha decidido seguir amando.

Y cuando el corazón aprende a amar así,
comienza ya a contemplar aquello que Jesús prometió:

«Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios».

Señor,
purifica nuestro corazón.
Hazlo sencillo, humilde, cercano y misericordioso.
Que sepamos encontrarte en cada persona,
reconocerte en cada gesto de amor
y descubrir tu presencia en las pequeñas cosas de cada día.

Y cuando llegue el final de nuestro camino,
concédenos contemplarte cara a cara
y comprender que, mientras te buscábamos,
Tú siempre habías estado caminando a nuestro lado.

Amén.