En el silencio habla el Señor.
En el silencio habla el Señor.
Pasan las horas, los días, el tiempo,
Y no consigo hacer silencio.
Te tengo en mi pensamiento en todo momento:
Ojalá encuentre un rato para estar con Dios.
Pero nada. La agenda se llena de cosas, muchas muy buenas,
Aunque en ninguna consigo ponerte como quien eres: el primero de todo.
De nuevo eres Tú el que sale a mi encuentro.
Consigues que, al por una capilla, entre,
y para que me distraiga menos o no tenga excusas, estás presente en la Eucaristía.
Ahí. Como siempre. Sales a mi encuentro.
Hay más personas, pero ni me fijo en ellas.
Ahí estás Tú.
Silencio.
Ahí es cuando me hablas.
No en ideas o sentimientos fugaces.
Tú, Dios, te haces Palabra, me hablas y me llamas por mi nombre.
Palabra que entra en mí para hacerse carne.
En y con la Virgen María te encarnaste para ser como nosotros, excepto en el pecado,
y así curar, tocar, llorar, morir,
y resucitar para que siglos más tarde yo me encuentre contigo.
Vivo rodeado de gente y me siento solo.
Tengo de todo, pero me siento perdido.
Ahí estás Tú.
Palabra que me dice: “no tengas miedo, yo estoy contigo siempre".
¿De qué te sirven las prisas, las apariencias
y la imagen si tienes perdida tu alma? Sígueme”.
Palabra que se hace carne en mí, y de nuevo, eres Verbo.
Me pides que haga, que deje de tonterías absurdas.
Obras son amores y quiero vivir desde el amor que tú nos tienes.
Sí, hágase. Sí, Señor, llévame donde me necesites. Sí, en Vos confío.
SAN ETELBERTO.
Era rey de Kent y, siendo aún pagano, contrajo matrimonio con Berta, princesa franca, de religión católica, que exigió, para casarse, poder practicar su religión y que la acompañara su capellán, el obispo Leitardo, que influiría en la conversión del rey. Etelberto jugó un papel importante en la conversión de los sajones al cristianismo. Acogió y protegió a los misioneros enviados por san Gregorio Magno y encabezados por san Agustín de Canterbury. Él mismo, la vigilia de Pentecostés del año 597, instruido convenientemente, recibió el bautismo de manos de san Agustín, hecho que influyó no poco para que muchos súbditos suyos abrazaran la fe cristiana. También contribuyó en la conversión de Saberto, rey de los sajones orientales, cuya capital era Londres. Cedió su palacio a san Agustín, levantó la catedral de San Andrés en Rochester, apoyó en todo la labor de los misioneros, construyó iglesias y monasterios. Fue un modelo de rey cristiano, que gobernó a su pueblo con prudencia y dio leyes justas inspiradas en el derecho romano y en la doctrina evangélica. Murió en Canterbury el 24 de febrero del año 616.