Zaragoza, España 26 de septiembre de 2026     Numero:  939

Santos Cosme y Damián

San Cosme y San Damián fueron dos hermanos cristianos, tradicionalmente considerados médicos, que vivieron entre los siglos III y IV. La tradición los sitúa en Oriente, probablemente en la región de Cilicia, en la actual Turquía. La Iglesia celebra su memoria litúrgica el 26 de septiembre.

Médicos al servicio de los pobres

Cosme y Damián ejercían la medicina como una verdadera vocación de servicio. La tradición cristiana los llamó “anárgiros”, es decir, los que no cobran dinero, porque atendían gratuitamente a quienes acudían a ellos.

Para ellos, curar el cuerpo era también una manera de acercarse al corazón de la persona. No distinguían entre ricos y pobres: acogían al enfermo, al necesitado y al abandonado con la misma dignidad. Su testimonio nos recuerda que la ciencia y la fe pueden encontrarse en el servicio a la vida.

Testigos de Cristo

Durante las persecuciones contra los cristianos, probablemente a comienzos del siglo IV, Cosme y Damián fueron detenidos por profesar su fe. La tradición vincula su martirio con las persecuciones de la época del emperador Diocleciano.

Aunque algunos detalles de sus vidas proceden de tradiciones posteriores y no pueden comprobarse históricamente, su culto es muy antiguo y se extendió rápidamente por Oriente y Occidente.

Su veneración llegó a ser tan importante que sus nombres fueron incorporados al Canon Romano de la Misa:

“Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio, Cipriano, Lorenzo, Crisógono, Juan y Pablo, Cosme y Damián…”

Su obra continúa

Cosme y Damián no dejaron grandes escritos ni fundaron instituciones. Su gran obra fue una vida entregada. Convirtieron su profesión en servicio y su conocimiento médico en instrumento de misericordia.

Por eso son considerados tradicionalmente patronos de médicos, cirujanos, farmacéuticos y otros profesionales sanitarios. Su ejemplo adquiere hoy una especial actualidad: detrás de cada diagnóstico existe una persona; detrás de cada cama de hospital, una historia; detrás de cada enfermedad, alguien que necesita tratamiento, pero también cercanía, escucha y esperanza.

Para nuestra vida

San Cosme y San Damián nos enseñan que no basta con saber mucho: hay que poner lo que sabemos al servicio de los demás. Nos recuerdan una medicina con rostro humano y un cristianismo que se hace concreto cuando se acerca al que sufre.

Curar cuando podamos.
Aliviar cuando no podamos curar.
Acompañar siempre.

Que San Cosme y San Damián intercedan especialmente por quienes trabajan en hospitales, centros de salud y residencias, y por todos los enfermos que esperan encontrar, junto a la competencia profesional, unas manos que curen y un corazón que acompañe. 

ALABANZA A LAS BUENAS NOTICIAS

Bendito seas, Señor,
Dios de la Vida y de la Esperanza,
porque en medio de tantas palabras que entristecen,
Tú sigues sembrando Buenas Noticias.

Te alabamos por cada amanecer
que nos recuerda que la historia continúa
y que siempre existe una nueva oportunidad
para amar, perdonar y comenzar de nuevo.

Te alabamos por la Buena Noticia de Jesús,
que vino a decirnos que Dios es cercano,
que ningún ser humano está olvidado,
que los pequeños tienen un lugar privilegiado,
que los pecadores pueden levantarse
y que ninguna oscuridad tiene la última palabra.

Te alabamos por quienes anuncian buenas noticias
con sus manos y con su vida:
por quien acompaña al enfermo,
por quien escucha al que está solo,
por quien comparte su pan,
por quien abraza al que llora,
por quien trabaja por la justicia,
por quien perdona cuando sería más fácil guardar rencor.

Te alabamos por tantas personas sencillas
que nunca aparecen en los periódicos
pero hacen cada día un mundo un poco mejor.

Gracias por los médicos, enfermeras y cuidadores;
por quienes enseñan, sirven y acompañan;
por quienes visitan a los ancianos;
por quienes reciben al extranjero;
por quienes protegen a los débiles
y devuelven esperanza a quien estaba a punto de perderla.

Señor,
enséñanos también a nosotros
a ser Buenas Noticias.

Que nuestra palabra anime y no destruya.
Que nuestra mirada comprenda y no juzgue.
Que nuestras manos ayuden y no permanezcan cerradas.
Que nuestros pies sepan acercarse
a quien necesita compañía.
Que nuestra fe no sea solamente palabra,
sino Evangelio vivido.

Cuando el mundo nos hable de guerras,
haznos constructores de paz.

Cuando nos hable de odio,
enséñanos a responder con fraternidad.

Cuando nos hable de desesperanza,
recuérdanos que todavía podemos sembrar.

Cuando alguien diga que todo está perdido,
danos la valentía de anunciar
que el amor sigue teniendo futuro.

Porque mientras exista alguien capaz de amar,
habrá una Buena Noticia.

Mientras alguien perdone,
habrá una Buena Noticia.

Mientras una mano levante al caído,
habrá una Buena Noticia.

Mientras alguien comparta su pan,
acompañe una lágrima
o devuelva una sonrisa,
tu Evangelio seguirá vivo entre nosotros.

Bendito seas, Padre bueno,
por todas las buenas noticias
que quizá no hacen ruido,
pero transforman silenciosamente el mundo.

Y bendito seas, sobre todo,
por Jesús,
la gran Buena Noticia para la humanidad:

Dios nos ama.
Dios camina con nosotros.
Dios no abandona a ninguno de sus hijos.
Y la Vida siempre tendrá la última palabra.

¡Alabado seas, Señor,
por todas las Buenas Noticias
que cada día vuelven a encender nuestra esperanza!

Amén.