Zaragoza, España 22 de agosto de 2026     Numero:  924/25

 EL SAN DE CADA DIA

SANTA MARÍA, REINA. Celebramos hoy a María, la madre de Jesucristo y madre nuestra, glorificada por el Padre como Reina junto a su Hijo. Aunque el título de Reina se atribuye a María desde antiguo -recuérdese la Salve Regina, el Regina coeli o las letanías lauretanas- su fiesta fue instituida por Pío XII en 1954. Desde el año siguiente, la Iglesia la celebraba el 31 de mayo, como coronación del mes mariano, mientras la Familia franciscana, por especial concesión pontificia, la celebraba, con misa y oficio propios y bajo el título de «María Virgen, Reina de la Orden de los Menores», el 15 de diciembre, octava de la Inmaculada. En la última reforma litúrgica, la celebración se ha trasladado al 22 de agosto, octava de la Asunción, para subrayar el vínculo de la realeza de María con su participación especial en la obra de la redención y en el misterio de la Asunción. Dice el Concilio Vaticano II en su Constitución dogmática: «María fue asunta a la gloria celestial y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemeje de forma más plena a su Hijo»

ALABANZA A LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

Bendita seas, María,
Madre de Jesús y Madre nuestra,
mujer sencilla que supiste decir SÍ a Dios
y hacer de toda tu vida una entrega de amor.

Te alabamos, María,
porque creíste cuando todavía no comprendías,
porque confiaste cuando el camino era incierto
y porque guardaste la Palabra de Dios en tu corazón.

Te alabamos por tu humildad,
que nunca buscó honores;
por tu ternura,
que supo acompañar y consolar;
por tu fortaleza,
que permaneció firme junto a la cruz;
y por tu esperanza,
que nunca dejó que la oscuridad tuviera la última palabra.

Bienaventurada tú, María, porque creíste.
Bienaventurada porque llevaste a Jesús en tus entrañas
y, sobre todo, porque lo llevaste siempre en tu corazón.

Madre de los sencillos,
Madre de quienes sufren,
Madre de quienes buscan consuelo,
Madre de quienes han perdido la esperanza,
acógenos bajo tu mirada maternal.

Enséñanos a vivir como tú:
cercanos a quien nos necesita,
sencillos en nuestra manera de vivir
y humildes para reconocer que todo es gracia.

María, Reina del cielo y de la tierra,
sé Reina de nuestros corazones;
no por el poder, sino por el amor;
no por la grandeza humana, sino por el servicio;
no por la fuerza, sino por la ternura.

Llévanos siempre hacia tu Hijo.
Y cuando nuestra fe vacile,
recuérdanos aquellas palabras tuyas
que continúan resonando en la Iglesia:

«Haced lo que Él os diga».

¡Bendita seas, María!
¡Llena de gracia!
¡Madre del Señor y Madre nuestra!
Que nuestra vida, como la tuya,
sea un SÍ confiado a Dios,
un canto de esperanza
y una entrega generosa a los hermanos.

Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros
y acompáñanos siempre en el camino hacia Jesús.

Amén.