LA COMPASION DEL SAMARITANO

LLEVANDO EL DOLOR DEL OTRO

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de FEBRERO de 2026

HECHOS PARA SER SAL Y LUZ

Sé que la vida no es solamente para mí.

Ni mi cuerpo,

ni mi amor,

ni mi inteligencia,

ni mi humor,

ni mis dones,

ni mi tiempo,

ni mi dinero,

ni mi casa,

ni mis posesiones...

son solamente para mí.

Sé que Tú, Padre, no eres solamente para mí.

Ni tu palabra,

ni tus dones,

ni tus promesas,

ni tu creación,

ni tu buena noticia,

ni tus abrazos,

ni tus afanes,

ni tus sorpresas,

ni tu casa...

son solamente para mí.

Lo sé.

Soy sal y luz;

sal para salar y luz para alumbrar.

Lo mío es deshacerme como la sal

salando a los demás,

y consumirme como el fuego

alumbrando y calentando a los demás.

Lo mío es ser salero de la vida

y clarear el horizonte de la historia,

de la historia cotidiana de cada día.

Lo mío es ser digno hijo tuyo.

Lo sé.

Y me voy comprendiendo.

Y me voy aceptando.

Y me voy amando.

Y me voy soñando.

Y me voy realizando.

Y me voy sembrando.

Y me voy compartiendo.

Y me voy realizando.

Y voy siendo...

¡Y me alegro!


EL SAN DE CADA DÍA

San Ricardo nació en Inglaterra en el siglo VII, en una familia noble. Se le conoce como «rey» debido a que probablemente fue un gobernante local o líder de una región importante, aunque no se tiene evidencia de que haya sido un monarca formal en los términos tradicionales. Desde joven, Ricardo mostró un profundo interés por la religión y se dedicó a gobernar con sabiduría y justicia, guiado por los principios cristianos.

Como gobernante, San Ricardo se preocupó por la educación y la formación espiritual de sus hijos, quienes más tarde desempeñarían un papel crucial en la expansión del cristianismo en Europa. Bajo su influencia, sus hijos abrazaron la vida religiosa y se convirtieron en grandes evangelizadores y fundadores de monasterios.

En un acto de devoción, San Ricardo emprendió una peregrinación a Roma junto con sus hijos, San Willibaldo y San Wunibaldo, para visitar los lugares sagrados y fortalecer su fe. Durante este viaje, Ricardo enfermó gravemente y falleció en la ciudad de Lucca, en Italia, alrededor del año 722. Su muerte ocurrió mientras cumplía con su acto de devoción, lo que subraya su compromiso con la fe hasta el final de su vida.

San Ricardo fue enterrado en la iglesia de San Frediano, en Lucca, donde su tumba se convirtió en un lugar de peregrinación para los fieles. Su santidad fue reconocida no sólo por sus acciones en vida, sino también por los milagros atribuidos a su intercesión tras su muerte.

El legado de San Ricardo se refleja principalmente en la santidad de sus hijos, quienes llevaron adelante la misión evangelizadora en Europa. San Willibaldo fue el primer obispo de Eichstätt en Alemania, San Wunibaldo fundó el monasterio de Heidenheim y Santa Walburga se destacó como abadesa y misionera. La vida y el ejemplo de San Ricardo como padre y guía espiritual tuvieron un impacto significativo en la difusión del cristianismo en Europa.