19 DE OCTUBRE DE 2026

SAN PABLO DE LA CRUZ, fundador de los Pasionistas. [Murió el 18 de octubre y su memoria se celebra el 19 del mismo mes]. Nació en Ovada (Liguria, Italia) el año 1694. De joven fue soldado y ayudó a su padre en su profesión de mercader. Movido por el deseo de perfección, renunció a todo y comenzó a servir a pobres y enfermos, a la vez que se mortificaba con duras penitencias. En 1720 el obispo de Alessandria lo revistió de la túnica negra de los ermitaños, y se retiró a Castellazzo. Ordenado de sacerdote en Roma el año 1727, trabajó con intensidad creciente por la salvación de las almas, fundando casas de su congregación, en la que se conciliaba la vida eremítica con la predicación apostólica. Fue misionero popular, director de almas, propagador de la devoción a la Pasión del Señor. En una sociedad escéptica como la suya, volvió a poner en primer plano el misterio de la Cruz. En 1771 se abrió la primera casa de las religiosas pasionistas. Murió en Roma el 18 de octubre de 1775.- Oración: Concédenos, Señor, que san Pablo de la Cruz, cuyo único amor fue Cristo crucificado, nos alcance tu gracia, para que, estimulados por su ejemplo, nos abracemos con fortaleza a la cruz de cada día. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


ALABANZA A LOS SANTOS ANÓNIMOS DEL MUNDO

Los que nunca subirán a los altares, pero viven cada día en el corazón de Dios.

Señor de la vida, Padre y Madre de misericordia, hoy quiero elevar mi voz para bendecirte y darte gracias por tantos hombres y mujeres que caminan por nuestro mundo sembrando bondad, ternura, esperanza y amor, sin hacer ruido, sin buscar reconocimientos y sin esperar recompensas.

Hoy quiero cantar una alabanza a los santos anónimos de nuestro mundo.

A esos santos que no aparecen en los calendarios litúrgicos, que no tienen imágenes en las iglesias ni monumentos en las plazas, pero que llevan grabado en su corazón el Evangelio de Jesús.

Bendito seas, Señor, por las madres y los padres que entregan su vida por sus hijos, que trabajan sin descanso, que renuncian a tantas cosas para que en sus hogares nunca falte el pan, el cariño y la esperanza.

Alabado seas por los abuelos que siguen regalando sabiduría, paciencia y ternura, por quienes envejecen en silencio y continúan siendo una bendición para sus familias.

Gracias por los enfermos que, en medio de sus dolores, todavía encuentran fuerzas para sonreír, agradecer y preocuparse por los demás.

Gracias por quienes los cuidan, por esas manos que acarician, limpian, alimentan, acompañan y consuelan. Manos que muchas veces están cansadas, pero que siguen siendo instrumentos de tu amor.

Bendito seas por los santos de los hospitales, de las residencias, de las calles y de los hogares humildes.

Por quienes comparten lo poco que tienen, por quienes abren sus puertas al extranjero, por quienes escuchan al que está solo y por quienes defienden la dignidad de los olvidados.

Alabado seas por quienes trabajan honradamente, por quienes no se aprovechan de los débiles, por quienes eligen la verdad aunque les resulte difícil y por quienes responden al odio con gestos de reconciliación.

Gracias por las personas que perdonan sin humillar, que ayudan sin preguntar a quién, que visitan sin esperar invitaciones y que permanecen junto a los demás cuando todos se han marchado.

Señor, quiero alabarte también por esos santos que no saben que lo son.

Por la mujer que comparte su comida con un vecino necesitado.

Por el joven que acompaña a un anciano.

Por quien dedica su tiempo a escuchar una tristeza.

Por quien lucha cada día para sacar adelante su familia.

Por quien, después de haber sufrido mucho, todavía cree en la bondad humana.

Por quienes trabajan por la paz, defienden la justicia y construyen fraternidad en un mundo demasiado acostumbrado a las divisiones.

¡Cuánta santidad escondida hay en nuestras calles! ¡Cuánto Evangelio vivido sin palabras!

Jesús de Nazaret, tú conoces sus nombres, sus historias, sus lágrimas y sus sacrificios. Tú sabes cuántas veces han levantado al caído, han consolado al triste y han devuelto la esperanza a quienes estaban a punto de perderla.

Ellos nos recuerdan que la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir las cosas sencillas con un amor extraordinario.

No necesitan aplausos porque su recompensa está en el bien que realizan.

No necesitan títulos porque su mayor dignidad es ser hijos e hijas de Dios.

No necesitan ocupar los primeros puestos porque han aprendido que el Evangelio se vive especialmente junto a los últimos.

Señor, perdónanos cuando confundimos la santidad con la perfección, cuando pensamos que los santos son personas lejanas, sin debilidades ni dificultades.

También los santos anónimos se cansan, lloran, se equivocan y tienen miedo. Pero vuelven a levantarse, siguen confiando y no permiten que las heridas de la vida les roben la capacidad de amar.

Hoy quiero pedirte que nuestra Iglesia sepa reconocer esa santidad cotidiana, que valore más las manos que sirven que los honores que distinguen, más la misericordia que las apariencias, más la cercanía que el prestigio.

Que sepamos descubrir tu presencia en tantos rostros desconocidos.

Que aprendamos a dar las gracias a quienes hacen nuestra vida más humana.

Que no esperemos a que las personas desaparezcan para reconocer todo el bien que sembraron.

Y que nosotros mismos, con nuestras limitaciones, podamos formar parte de esa inmensa comunidad de hombres y mujeres que hacen presente tu Reino.

Porque, Señor, la santidad también tiene rostro de vecino, de amigo, de enfermo, de trabajador, de madre, de voluntario y de persona sencilla que sabe amar.

Hoy te alabamos por todos ellos.

Por los que viven y por los que ya descansan en tu paz.

Por los conocidos y los olvidados.

Por quienes creen explícitamente en ti y por quienes, incluso sin conocerte, viven con una generosidad que refleja tu amor.

Que ninguno de sus gestos se pierda.

Que ninguna lágrima entregada por amor quede olvidada.

Que ninguna vida dedicada al bien pase inadvertida ante tus ojos.

Y cuando llegue nuestro último día, Señor, que no nos preguntes cuántos aplausos recibimos, sino cuánto amamos, a quién acompañamos y qué hicimos por nuestros hermanos más pequeños.

Porque, como nos enseñó Jesús:

«Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis». (Mt 25,40).

¡Benditos sean los santos anónimos del mundo!

Ellos son la luz discreta que mantiene encendida la esperanza, la sal que da sabor a la existencia y las manos invisibles con las que Dios continúa acariciando a la humanidad.

Amén.