Señor, aquí estoy de nuevo ante ti. Un día más, me pongo en tu presencia, dejo el ruido del mundo exterior a un lado y me centro de una forma especial en ti.
Hago balance del día de hoy o de los últimos días. Me paro a pensar si me he puesto verdaderamente a tu servicio, si he sido capaz de dar la mejor versión de mí, o si la pereza o los caminos fáciles me han nublado y me han alejado de ti.
Jesús, te pedimos que en este día, te hagas presente en nuestras vidas, que hagas arder nuestros corazones y nos ayudes a dar luz al resto del mundo, como fuegos encendidos desde tu fuego.
¿Cuántas veces somos como ese hombre rico del Evnagelio en nuestra vida? ¿Cuántas veces lo rápido que pasa la vida no nos permite pararnos a contemplar nuestro alrededor? ¿Cuántas veces no cumplimos, Señor, tus mandamientos? ¿Cuántas veces no amamos? En numerosas ocasiones, tenemos a nuestro lado a muchos Lázaros, y no solo en lo referido al dinero. Hay muchas personas necesitadas de nuestra atención, de un simple hola, de un gesto de cariño, de amor; pero es más sencillo continuar con el ajetreo del día y echar la mirada a otro lado. Enséñanos Señor a ver, a mirar, a quienes tenemos a nuestro alrededor. Que nuestra vida de oración ilumine nuestra mirada y la haga más consciente y misericordiosa como la tuya.
Cada día es un regalo que pones a nuestro servicio y es por ello que tenemos que aprender a vivir cada momento lleno de ti, para que así nuestras acciones en la tierra nos lleven hasta tu presencia en el cielo.
Señor, que en cada pequeño gesto se nos reconozca como hijos tuyos, que sepamos gritar ante las injusticias, que amemos al prójimo y vayamos a su lado, que dejemos a un lado las diferencias y nos impliquemos en la siembra desde la tierra del Reino de los cielos.