Señor, Dios de caminos abiertos y corazones encendidos,
Tú que en Jesús nos mostraste el rostro de un amor sin fronteras,
enséñanos a mirar como Él miró,
a ver en el rostro del otro un lugar sagrado donde habitas y hablas.
Que no pasemos de largo ante el sufrimiento de quienes claman,
como aquella mujer sirofenicia que insistió hasta ser escuchada (Mc 7,24-30).
Danos la valentía de detenernos,
de escuchar las voces que el mundo silencia,
de reconocer en cada grito de dolor un eco de tu presencia.
Señor, rompe nuestras seguridades que nos ciegan,
despierta en nosotros una fe encarnada,
que no se conforme con palabras,
sino que se haga encuentro, diálogo y acogida.
Que nuestra vida no sea un refugio de comodidades,
sino un espacio abierto donde todos tengan un lugar.
Cuando el miedo nos lleve a evitar al otro,
cuando la indiferencia nos cierre los ojos,
haznos recordar que en cada herida humana Tú sigues pronunciando palabras de vida.
Que aprendamos a reconocerte en los rostros marcados por la historia,
en las lágrimas de los olvidados,
en la esperanza de los pequeños,
en la fe sencilla de quienes no tienen nada
y, aun así, confían en tu amor.
Señor, enséñanos a caminar con coherencia,
a entregar la vida sin reservas,
a ser luz para quienes buscan,
y compañía para quienes esperan.
SAN MATEO CORREA MAGALLANES. Nació en Tepechitlán (Zacatecas, México) el año 1866. Por su pobreza encontró dificultades para cursar los estudios eclesiásticos. Ordenado de sacerdote en 1893, ejerció el ministerio pastoral con gran celo en diversos oficios y lugares. Cuando en 1910 estalló la Revolución Maderista fue perseguido y tuvo que buscar refugio; su situación se volvió muy insegura. El 30 de enero de 1927 fue detenido y trasladado a Durango. El general Ortiz le encomendó que confesara a unos condenados a muerte antes de su ejecución. Al terminar las confesiones le exigió que le manifestara lo que acababan de decirle, pero el P. Correa le recordó que el sacerdote debe guardar el secreto de la confesión, a lo que añadió que él estaba dispuesto a morir antes que violar el sigilo sacramental. El 6 de febrero de 1927, de madrugada, lo fusilaron a las afueras de Durango. Juan Pablo II lo canonizó, junto con otros mártires mexicanos, el año 2000.