Zaragoza, España 17 de agosto de 2026     Numero:  920

 * EL SAN DE CADA DIA

SANTA BEATRIZ DE SILVA. Nació en Ceuta hacia el año 1426, de padres portugueses. Siendo aún niña se trasladó con su familia a Campo Mayor (Alentejo, Portugal). Junto con sus once hermanos, entre ellos el beato Amadeo de Silva, reformador franciscano, recibió una excelente educación y la devoción a María Inmaculada. En su juventud sirvió como dama de honor a doña Isabel de Portugal, esposa del rey Juan II de Castilla. Huyendo de las insidias de la corte, salió de Tordesillas y se refugió en Toledo, donde por espacio de unos treinta años residió en el monasterio de Santo Domingo el Antiguo. En 1484 pasó con unas compañeras a los Palacios de Galiana, cedidos por Isabel la Católica, y allí iniciaron una vida monástica que desembocaría en la Orden de la Inmaculada Concepción, en la que se armonizaban la devoción al gran privilegio de María y la espiritualidad franciscana. Beatriz falleció el 16 o más probablemente el 17 de agosto de 1491.

Dios, Padre y Madre de ternura,
en este momento queremos acercarte
las lágrimas de tantos hermanos y hermanas
que sufren en silencio.

Por quienes lloran la pérdida de un ser querido,
por quienes sienten el peso de la soledad,
por quienes han recibido una noticia dolorosa,
por quienes viven la enfermedad, el abandono o la incertidumbre,
por quienes sufren a causa de la guerra, la violencia y el hambre,
por quienes esta noche no encontrarán consuelo.

Señor, recoge cada lágrima.
Tú conoces el dolor que nadie ve,
la herida que cuesta explicar,
la tristeza escondida detrás de una sonrisa
y ese cansancio del corazón que ya no encuentra palabras.

Acércate a cada persona que llora.
Hazte presencia silenciosa,
mano que sostiene,
abrazo que reconforta,
luz en medio de la oscuridad.

Y haznos también a nosotros sensibles al sufrimiento ajeno.
Que sepamos acompañar sin juzgar,
escuchar sin prisas,
abrazar sin preguntar demasiado
y permanecer junto a quien necesita compañía.

Dios de la esperanza,
que ninguna lágrima sea derramada en soledad.

Que quienes hoy lloran puedan descubrir,
incluso en medio de su tristeza,
que Tú permaneces a su lado.

Y cuando las palabras ya no alcancen,
que nuestro silencio se convierta en oración:

Señor, consuela a quienes lloran,
sostén a quienes ya no pueden más
y transforma nuestras lágrimas
en semillas de esperanza.

Amén.